APRENDIZAJE EN SERVICIO
¿Qué sentido tiene mi práctica como docente?
La práctica docente, para mí, es el puente que une la teoría con la realidad. No la veo solo como una obligación académica, sino como la oportunidad de ponerme a prueba y descubrir lo que significa estar frente a un grupo. Cada vez que entro al aula, me enfrento a un mundo lleno de retos, pero también de aprendizajes que ningún libro podría enseñarme.
He comprendido que en la docencia no existen recetas exactas; cada estudiante es distinto y exige de mí creatividad, paciencia y empatía. Estar en práctica me ha enseñado a reconocer mis fortalezas y también a identificar lo que debo mejorar. Es un proceso que me impulsa a reflexionar y a crecer, no solo como futuro maestro, sino también como persona.
Lo que más valoro de este proceso es la posibilidad de generar un vínculo con los alumnos. A través de las clases, no solo transmito conocimientos, sino que acompaño sus pasos, aprendo de sus miradas y me esfuerzo por ser alguien que les dé confianza y motivación. Esa conexión humana le da sentido a todo lo que hago. En resumen, la práctica docente para mí es una experiencia formativa que transforma, porque me permite construir mi identidad profesional con compromiso y vocación. Cada día frente al grupo fortalece mi deseo de convertirme en un maestro capaz de dejar una huella positiva en la vida de mis estudiantes.
¿Qué puedo REIVINDICAR?
👨🏻🏫Práctica en general:
🗂️Diagnóstico:
📕Evaluación:
Mi construcción como docente
Cuando reflexiono sobre quién soy como docente, me doy cuenta de que me he ido formando a partir de cada mirada, cada pregunta inesperada y cada gesto sincero de mis alumnos. Mi identidad como maestro no surgió de un día para otro; se ha ido tejiendo entre mis errores, mis intentos, mis aprendizajes y, sobre todo, las cosas simples que me dicen los niños. Aún guardo en la mente el momento en que uno de ellos se acercó y me dijo: “Te quiero mucho, Mario.” Esa frase tan espontánea me recordó que, más allá de cualquier contenido, lo que los niños sienten en mi presencia es parte esencial de mi trabajo.
Mi práctica educativa ha cambiado conforme he comprendido que la educación no es solo explicar un tema, sino reconocer el mundo interno y externo de cada estudiante. Me pasó un día que, mientras salía un momento para ajustar el proyector, dejé una actividad de reflexión: escribir el concepto de autorregulación. Cuando regresé, un niño levantó su hoja y compartió su definición: “Es como los autos a los que se les pone gasolina regular.” Lejos de estar equivocado, había conectado de forma brillante con la etimología del término: “lo que se mueve por sí mismo”. Ese comentario me hizo recordar que cada palabra infantil es una pieza de oro en bruto, y que mi tarea es actuar como orfebre para pulir, orientar y valorar su conocimiento previo.
En este proceso también ha sido significativo escuchar lo
que otros ven en mi desempeño. Mi docente tutor escribió una reflexión sobre mi
práctica que me hizo detenerme y reconocer aspectos que quizá desde dentro no
había dimensionado:
“Una fortaleza innegable del maestro practicante es su habilidad para motivar a través del reconocimiento auténtico. Al encontrar dibujos creativos, los eleva a la categoría de ejemplo (‘miren qué bien quedó’). Esta validación genuina actúa como un catalizador, impulsando a los demás a esmerarse. La creatividad infantil es un universo sin límites, evidenciada por la niña que lanza una pregunta filosófica: ‘¿Por qué le llamamos tierra a la tierra si tiene más agua?’” Leer estas palabras me hizo ver que mi forma de validar el esfuerzo de los niños no es un gesto menor; es una herramienta pedagógica poderosa que transforma la motivación y el ambiente del aula.
Mi comunicación también ha evolucionado hacia una mayor asertividad. Antes me costaba expresar mis ideas con claridad o poner límites sin sentir culpa. Ahora he aprendido a hablar desde el respeto, a explicar mis decisiones, a marcar límites necesarios y, sobre todo, a escuchar sin prisa. La comunicación asertiva me ha permitido fortalecer mi presencia como maestro sin perder mi cercanía.
Desde el Análisis Transaccional, reconozco que en mi práctica aparecen los tres estados del yo. Mi “Niño” surge cuando algo me sorprende o me entusiasma más que a los propios alumnos. Mi “Padre” aparece cuando debo organizar, estructurar o corregir. Sin embargo, cada vez me posiciono más en el estado “Adulto”, donde analizo, pienso antes de actuar y respondo con equilibrio. Ese tránsito consciente me ha permitido tener una práctica más reflexiva, más estable y más humana.
Hoy, al mirar mi camino, reconozco cuánto he crecido. Mi
práctica docente se ha transformado conmigo: cada comentario infantil, cada
duda filosófica inesperada, cada retroalimentación del tutor y cada pequeña
frase de cariño me han enseñado a ser un maestro más sensible, más consciente y
más comprometido. Sé que aún me falta mucho por aprender, pero también sé que
voy en el camino correcto: el camino donde la enseñanza y el aprendizaje se
encuentran y se acompañan mutuamente.
Análisis hermeneútico de mi reflexión
Comentarios
Publicar un comentario